domingo, 21 de enero de 2007

Kyrie Eleison

Con dos dedos de la mano derecha. Sólo dos dedos de su mano derecha le hacen falta para mantener inmóvil aquella mosca. Sin demasiada fuerza. Sin movimientos bruscos. Tiene una mano, toda una mano, libre para lo que quiera. Libre para dejar escapar a aquel inocente animalejo. Libre para pensar qué hacer con ella.

La mesa de madera, sobre la que reposan ambas manos, sobre la que, obligado por las circunstancias, se mantiene quieto el insecto, apenas mide medio metro de largo por otro tanto de ancho. Un vaso de cristal con agua, sus dos manos y una mosca es lo único que veo encima de la mesa.

Cierra la mano con la que tiene cogido al animal. Le deja caer en el vaso. Durante unos minutos intenta mantenerse a flote. ¿Cuánto tarda un ser vivo en rendirse a su propio peso? Poco.


Jaime se levanta y se dirige a la cocina. Derrama el vaso en el fregadero. El agua y la mosca muerta desaparecen tras el sumidero empujados por la corriente. Le observo desde la puerta. No parece percatarse de mi presencia. El vaso a punto de ser fregado, reposa ahora en su mano derecha. Agacha la cabeza, lanza el vaso contra el suelo con fuerza. Con furia. Como si quisiera que éste respondiera por todo lo que él está pasando. Rompe a llorar. No llora con estrépito, con ruido y gestos que nadie verá. Llora como se hace cuando estamos solos. Para él y despacio, muy despacio.


Pasa a mi lado; obviamente no me ha visto. Se dirige a su habitación. Le sigo. Abre el armario y busca de una forma desordenada en uno de los cajones. Encuentra lo que buscaba tras unos segundos de desesperación. Desde aquí distingo la foto de Andrea. Es un pequeño retrato en un pequeño marco de plata. Apoyado en la puerta puedo ver a Jaime, sentado en la cama, observar la imagen. Ha dejado de llorar. Deja caer la cabeza en la almohada. Dejar caer el retrato en el suelo.


Hoy hace un año. Yo maté a Andrea. Después me arrojé por el balcón de mi casa. Quería a Andrea. No tenían derecho a hacerme eso. Nadie sabe realmente lo que es amar a alguien, querer a alguien. Ahora yo lo sé: querer es confiar la custodia de lo poco que no está podrido.


Desde que pasó, desde el día en que todo cambió para todos, me entretengo viendo cómo sufre. Y me divierto, vaya que si me divierto…


Quiero acercarme para decirle que soy como él. Quiero hablarle para que sepa que todos son como él. Que se puede querer de muchísimas formas pero sólo se puede renunciar de una. Con dolor. Quiero hablar con él pero, claro, él no me oye.

3 comentarios:

oveja negra dijo...

Madre mia, este blog cada día se esta volviendo más oscuro...

Pos na haber cdo vuelve el Fidelio de mercadona y el de la terminal 4, no se al resto pero yo le prefiero...

Anónimo dijo...

Casi que yo también.... Aunque he de decir que el relato me parece muy bueno. Por cierto, mucho cuidado, la música sacra produce efectos peligrosos

Sinclair

Fidelio dijo...

... no sean ustedes malos ... Sólo intento buscar mi voz ... ya iremos viendo hacia dónde va ...